Ayer estuvimos en uno de los lugares más selectos de Barcelona: el Real Club de Polo. La idea era ver el partido del equipo de hockey hierba donde mi compañero Pere “Pi” Fàbregas juega, y lugo probar lo que él llama “las mejores croquetas del mundo”.
La primera parte de la excursión salió bien. Fuimos a pasar la ITV con el Laguna (el viernes la pasamos con el Clio), luego a comer a Barcelona en el restaurante japonés Kiku-Chan situado en la calle Numància, frente a L’Illa Diagonal, y de allí al Real Club de Polo de Barcelona, donde nos dejaban pasar y aparcar dentro gracias a las gestiones realizadas un rato antes por Pi.
Yosi, Daniel y yo, aparcamos donde pudimos porque el club estaba hasta los topes, y vimos el final de un encuentro femenino que se jugaba en el mismo campo donde después jugaría mi compañero. Después, mi familia se fue al parquecillo que había detrás del campo porque era más entretenido subir y bajar por el tobogan y columpiarse que estar al sol viendo como 20 tíos con palos en las manos perseguían una pelota y 2 intentaban que no la metieran en la portería que defendían. Daniel definió este juego como “hoquei sense patins i amb sabates”. Todo un sabio mi hijo.
El partido tuvo poca historia, el Polo cascó una manita al Junior de Sant Cugat (vencieron por 5 a 1), aunque parece que el arbitraje dejó mucho que desear si me ciño a los comentarios de la gente del Junior. Este que veis aquí fue el tercer gol del Polo, tras el saque de un penalty corner:
Añadiré que, ca
si al final del partido, a Pi le sacaron una tarjeta amarilla que le excluía del partido durante unos minutos. Su “excusa” es que el stick del contrario le iba a la cara y antes de que le rompiera (de nuevo) la nariz, decidió apartarlo con la mano. El árbitro lo vio y le sacó la cartulina ante la casi alegría del equipo del Polo que, automáticamente, estaba invitado a una ronda de cervezas por el infractor.
La parte croquetil del asunto falló. Cuando Pi nos enseñó todo el club, caballerizas incluídas, nos dirigimos al bar para comer ese suculento manjar del que habíamos oído hablar… ¡y del que no quedaba nada! Nuestras caras eran un poema, excepto la del Peque que se conformó con un Cacaolat y una bolsa de patatas fritas. No obstante, hemos retado a mi compañero a que se agencie un tupperware con croquetas del Club de Polo y venga a comer a casa para que las podamos probar.
Un lugar más que tachar de la lista de “sitios donde nunca he estado”.

